Comes gracias al agricultor. Sé consciente de ello.

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Por una campaña en pro de la dignidad y valía de los agricultores, auténticos profesionales de la tierra. Primera parte. 

Una de las grandes realidades que ha puesto de manifiesto el COVID-19 es, que el campo no ha parado y que la riqueza agraria sigue más que vigente en nuestro territorio malagueño, andaluz, español y europeo. Tan esencial que, hasta los fondos de inversión se han dirigido vorazmente a invertir en él.

Es la garantía del suministro de alimentos lo que ha mantenido la seguridad en las ciudades durante el tiempo del estado de alarma decretado y durante toda la posterior situación de confinamientos y cierres perimetrales. Tal como además, no podía ser de otro modo, ha sido ratificado desde los gobiernos y la propia Comunidad Europea.

Es el trabajo del campo, -que no ha parado-, el que ha mantenido alimentados a toda la población, especialmente, a la gente de ciudad. 

No hay más que recordar “el pánico” a quedarnos sin comida que se produjo en los primeros días del estado de alarma allá por el ya lejano mes de marzo, y que se manifestó en la desbandada a los supermercados y en la alocada compra de productos alimentarios de primera categoría por parte de familias de todo tipo.

El alimento y la posibilidad libre de acceder a él, y más en países que aún tienen reciente en la memoria de sus mayores la época de escasez, es una garantía de seguridad ciudadana y social.

Sin embargo, es fácil detectar que, lo que especialmente se valora, es EL PRODUCTO.

El saber que seguimos teniendo acceso al alimento.

Pero, ¿y el profesional de la tierra que ha estado laboreando día tras día la tierra para que ese producto llegue a tu hogar, a tu mesa, a tu estómago y al de tu familia?

No me cansaré de decir que está bien recordar la importancia de tener alimento, de disponer libremente de lo que nos gusta en los supermercados, de destacar la inmensa calidad y riqueza de productos gastronómicos que tenemos en España, pero tenemos que aprender y educar en apreciar la dignidad y valía de los “profesionales artesanos de la tierra”, de los AGRICULTORES, (lease agricultores, ganaderos, cabreros, apicultores, …) pues son ellos los que hacen posible que tú tengas un producto que comer.

El trabajo del campo no puede seguir siendo ignorado o desatendido por la ciudadanía.

No es sólo que la sociedad en general no mire bien al campo, ni valore el trabajo profesional que hay detrás de cualquier labor agrícola, o que desconozcan o no quieran conocer la importancia de sus decisiones de compra y cómo afectan al sector agrario y al agricultor. Es que, en general, en la sociedad andaluza y española se ha mantenido la imagen ficticia de que el trabajador del campo es de segunda categoría. Y lo peor es que esto ha calado también en la sociedad rural. 

Son muchas las conversaciones en las que he escuchado al padre decir frases como esta o similares:  

“mis hijos que no se dediquen al campo, mejor que se busque la vida en la ciudad, que allí sí hay futuro”;  

“la vida de campo es un trabajo muy duro y no da pa vivir”, …

Trabajo de agricultor

Durante demasiado tiempo ha existido una tendencia social alta a considerar que dedicarse al campo era cosa de pobres, de los que no saben hacer otra cosa, o de los que no valen para algo de “más provecho”.

Es una idea de pensamiento que se mueve entre la actitud despreciativa (indigna de estimación) y la ignorancia hacia la valía del campesino.

No sé si aun pesan los años de escasez, la historia feudal, o la pobreza vinculada al mundo rural, o es solo el peso de creencias históricas que cuesta remover por alejadas que puedan estar ya de la realidad.

Es uno de los temas que tengo pendiente profundizar y localizar buenas referencias de sociología que lo analicen.

Pero, mientras tanto, y en mi opinión, durante estos dos siglos desde la revolución agrícola que ha generado ese cúmulo de transformaciones sociales a las que me he referido en otras entradas del blog,

» Es como si la sociedad ante su vertiginoso crecimiento hacia la modernidad se hubiera convencido de que la vida urbana es la única forma de vida posible. 

Y en cuanto que opuesta a ella, la vida rural es algo que no se ha valorado ni atendido debidamente, y que se ha visto como algo arcaico que no merecía ser protegido. 

Y quizás por ello, no es sólo que se ha perdido población en los pueblos, y patrimonio, y costumbres, y recursos, y oficios, y saberes y sabiduría,  sino además, y lo más grave, se han perdido generaciones que se sientan orgullosas de ser de campo y quieran dedicarse a una labor noble: la de coadyuvar a la naturaleza a ser parte activa del proceso de la creación.

Por qué, es importante resaltar que, los frutos que actualmente consumimos no son sólo producto de la Tierra, sino el resultado de un arte y una ciencia milenaria (la agricultura) en la que la observación, el buen hacer y la querencia ha hecho posible domesticar a la naturaleza para poder disponer hoy de la enorme gama de productos alimentarios que podemos consumir.

Y eso, a salvo de estos últimos años en los que la ciencia ha tenido un mayor protagonismo, ha sido durante muchísimos siglos, gracias a la milenaria historia del campesinado y sus gentes, sencillas y eruditas a la par, que articulan su vida en torno al medio natural que los envuelve. 

Evidentemente esta realidad debe ser reconocida, resaltada y valorada por la sociedad. 

Pero para eso primero hay que saberlo.

Algo que, como abordaremos en otras entradas del blog, depende también en gran parte del propio colectivo y de las asociaciones que los representan.

En una época en la que todo es campaña de imagen y marca personal, no se entiende aún como los grandes colectivos agrícolas no se han activado aún para crear una imagen de marca potente de las personas que se dedican a la agricultura y mejorar su impacto en la sociedad.

Pero tiempo al tiempo, que por eso desde aquí seguimos hablando y defendiendo la importancia de:

«una campaña que defienda y destaque la dignidad y valía de los “profesionales artesanos de la tierra”: los AGRICULTORES«.

NOTA IMPORTANTE: toda referencia hecha en el texto a los agricultores debe ser entendida en su amplia acepción y comprensiva de toda la gama de productores de base alimentaria del sector primario: agricultores, ganaderos, cabreros, apicultores, ….

Rocío Ledesma para Nathium.com

#Nathium, #Conectadosconlatierra #Cutar #axarquia #Tuencierroesunaoportunidad

#agriculturores #campesinado #dignidadagrícola

Biodiversidad, solsticio de invierno y la raza humana.

Solsticio de invierno

Hoy, 21 de diciembre, es día del solsticio de invierno que simboliza tantas diversas celebraciones vinculadas a este día y que supone el inicio de una estación, la invernal que invita al recogimiento y nos abre las puertas a la Navidad.

Un día tan singular, aún más en este año 2020, y que está plagado de múltiples significados y significantes, me parece un momento idóneo para hacer unas reflexiones más filosóficas a las habituales. Aunque es sin duda mi trato diario con la vida en el pueblo lo que las ha despertado y me ha hecho valorar la enorme importancia de la biodiversidad humana en sus múltiples formas de ser, vivir y pensar.

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  LA REDUCCIÓN DE LA BIODIVERSIDAD

Durante cientos de años hemos reducido la diversidad vegetal y animal en un porcentaje que tiene asustada a la comunidad internacional. Que preocupe o no a la sociedad de a pie ya es otra cosa porque, salvo que esté en nuestro campo de interés, vivimos totalmente ajenos a esta problemática perdidos en las preocupaciones particulares de nuestro día a día. 

Pero a lo que vamos. Se dice, entre otras muchas referencias, que

  • “En 1990 ya se había perdido aproximadamente el 70% de los bosques, tierras boscosas y maleza del Mediterráneo, el 50% de las praderas, sabanas y tierras de matorrales en zonas tropicales y subtropicales y el 30% de los ecosistemas de los desiertos.
  • Las poblaciones de 3.000 especies salvajes han mostrado una tendencia constante al declive, que ha alcanzado 40% entre 1970 y 2000. La disminución alcanzó el 50% para las especies provenientes de las aguas continentales, y un 30% para las especies marinas y terrestres
  • Entre 1970 y 2000, la población de especies salvajes ha experimentado un descenso anual medio del 1.7%.
  • “En el siglo pasado, se calcula que la actividad humana ha aumentado la tasa de extinción de las especies a un ritmo mil veces mayor al natural. Según la Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICN, entre el 12% y el 52% de las especies tratadas de forma exhaustiva, como las aves o los mamíferos, se encuentran amenazadas de extinción.
  • Pincha aquí para información más detallada.

Estos datos evidencian una inmensa pérdida de biodiversidad no sólo de especies sino también genética y de ecosistemas, lo que afecta gravemente a su propia pervivencia al reducir su capacidad de respuesta a los problemas del entorno.

A más de ello, hay quien afirma que esa pérdida de diversidad es parte del problema de la existencia de nuestro querido COVID-19, porque ha llevado a que eliminemos especies intermedias en la cadena trófica evitando pues que aquellas se «coman» el virus antes de que llegue a la raza humana.

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Y en este debatir, yo no tengo dudas de que hemos reducido la diversidad humana del mismo modo que lo hemos hecho con la biodiversidad vegetal y animal.

Estamos reduciendo nuestras formas de vida, de ser y de pensamiento a varios modelos estándar únicos que provocan una inmensa pérdida de aporte humano. 

Puede que aún no lo hayas visto, o incluso que te estés preguntado el por qué. 

Y es más fácil de lo que te imaginas, y en demasiadas ocasiones nosotros mismos somos parte activa y responsable de esa drástica reducción de la biodiversidad humana. 

Solemos tender a generalizar las visiones y las posiciones. Cómo si todas las personas tuvieran que ver las cosas del mismo color. Y a tal fin, tendemos a reafirmarnos en ellas rodeándonos de personas y grupos que tienen esa misma, o similar, forma de pensamiento. Relacionarnos con los opuestos o contrarios nos cuesta, y por ende limita el debate enriquecedor que generaría nuevas variables. 

O siguiendo modelos e influencers que idealizamos como patrón ideal a seguir y, en la medida de lo posible, repetir. Y creamos la figura del prescriptor, que nos orienta hacia dónde avanzar en vez de conectar contigo mismo para saber qué es lo que a tí más te conviene. 

Cada vez más asistimos a opiniones que se presentan casi como verdades innegables o posiciones irrefutables y se utilizan como vara de medir entre lo correcto y lo incorrecto, lo que se exacerba aún más en la matriz de las redes sociales.

Incluso expulsamos de nuestros grupos de whatsapp, instagram o facebook a quién es diferente o nos hace cuestionar nuestras posiciones. 

Algo que resulta harto confuso cuando, observando simplemente nuestra propia unidad familiar, somos capaces de apreciar que en ella hay todo un crisol de sentires y vivencias. De opiniones y creencias. Imaginémonos pues en la dimensión cuantitativa de una sociedad.

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El hecho es que somos un inmenso muestrario de culturas y cada uno de los seres humanos encierra en sí un enorme potencial de diversidad.

Aceptar esta realidad nos permitiría poner el foco no en (querer) tener razón sino en entender las motivaciones del otro y buscar espacios de respeto.

No hay una única verdad, hay tantas como variedades de sentires y prioridades existen en los seres humanos. Del mismo modo que ocurre con la inmensa gama de subespecies dentro del reino vegetal, entre las cuales, se asevera, que la mayoría de ellas está aún por descubrir y clasificar ( https://www.jardineriaon.com/cuantas-especies-de-plantas-hay-en-el-mundo.html)

Esto es algo que se me ha hecho mucho más patente desde que mi vida se asentó en la inmensidad policromática de la ruralidad, qué tan imbricada está con la diversidad de la naturaleza. Y que activa una riqueza de pensamiento bien diferente y variada a la de las vivencias producidas en el mundo urbano y desarrollado.

Y me hace darme cuenta de cuán importante es que las personas, y la sociedad, recuperemos el contacto directo, aun puntual, con la Tierra para tomar consciencia de nuestra dimensión universal. Puedes leer más sobre esto aquí.

descubrimientos

LA PROTECCIÓN DE LA BIODIVERSIDAD

En los últimos tiempos, con más énfasis a partir del Siglo XXI, las políticas, nacionales e internacionales se han dado cuenta del gran perjuicio que ha supuesto esa ingente reducción de biodiversidad vegetal y animal y están adoptando leyes y medidas para proteger esas especies raras y casi extinguidas porque, aunque tarde, se han dado cuenta del inmenso valor y las bondades que aporta su singularidad.

Y debiéramos hacer igual con las personas. Proteger a los que son diferentes y potenciar la diversidad.  

Si todas pensamos igual y nos enfocamos a las mismas respuestas y comportamientos, difícilmente vamos a poder impulsar el avance de la humanidad hacia nuevos lugares desconocidos.

¿No son acaso las personas que han visto las cosas de «otro» modo las que han contribuido a replantear las formas, ideas, pensamientos y estructuras preexistentes y con ello han hecho avanzar la sociedad?

¿No se valora a las personas disruptivas precisamente por eso, por cómo sus ideas rompen con todo lo establecido?

¿No serían tenidos por locos esas personas en su momento? Ejemplos tenemos en la historia en demasía como para no verlo.  

¿No estamos aprendiendo que personas diferentes, o afectadas, por lo que hemos venido en llamar discapacidad o minusvalías, muestran actitudes y comportamientos innovadores, una visión diferente de las cosas, actitudes empáticas potentes, o una gran capacidad de resiliencia?

¿No nos damos cuenta de que los modelos estandarizados de educación están condicionando esa diversidad potencial del ser humano y afectando a la libertad de ser de las personas infantes y adolescentes? ¿y con ello al desarrollo diverso de nuestra sociedad?

¿Seríamos quienes hoy somos sí, en el camino de la historia de la civilización,  alguien no se hubiera enfrentado a situaciones tales como la esclavitud, los derechos humanos, de la infancia o de la Tierra o la posición servil de la mujer?

No puedo ni imaginar que opinarían los congéneres de aquel que, en el Neolítico, pudo crear su propio fuego con dos piedras. La idea de que fuera un mago, brujo, loco o similar estaría en sus mentes.

Como con las plantas, es seguro que aún hay infinidad de potencial humano por descubrir y desarrollar, y enfocarnos en las mismas vivencias, posiciones y sentires constriñe esa posibilidad enormemente.

Sabemos que el cambio, lo nuevo, gusta a unos tanto como irrita y encolera a otros. Pero sin crítica, sin cuestionamiento, sin análisis de la diversidad y un profundo trabajo de observación y entendimiento, no hubiéramos llegado a ser quienes hoy somos como sociedad.

diversidad humana

Cada persona tiene su ritmo, su son, su alma, su latido propio.

Como cada planta y cada animal.

Quién cuida un huerto o tiene varias mascotas puede apreciarlo con sencillez en su totalidad. No hay dos perros iguales ni siendo de la misma camada y raza. Ni dos rosas iguales naciendo de la misma mata. Por eso los gemelos son toda una odisea genética.

Pero para evolucionar como especie humana es evidente que la clave ha pasado siempre por la colaboración y ello exige un respeto previo a las ideas y formas de ser, sentir y vivir del otro. A respetar y cultivar la «multiplicidad entre las distintas especies humanas y dentro de cada una de ellas, así como de las culturas, tradiciones, y estructuras de pensamiento de los que forman parte».

Vincularnos entre nosotros, entrelazarnos, aprender a sentir esa diversidad y respetarla es un inmenso trabajo para el que no tengo claro que estemos aún preparados, tan enfocados en nuestras posiciones vitales particulares. 

Y hoy ya es sabido. No somos mejores o peores por como pensamos, vivimos o sentimos. Sino por las intenciones que mueven nuestros actos: El amor o el miedo. El respeto o la imposición. El deber o la libertad. O la conjugación de todo un arcoíris de intenciones puestas al servicio del bien común.

Reconócete como único. Y sé diferente, pero con la intención amorosa de ser tú respetando al otro, con toda la dificultad que ello encierra.

Llegar ahí será el momento de mayor crecimiento de la humanidad. Y quizás del propio planeta Tierra.

Quiero pensar que en ello estamos.  

Te animo a que lo reflexiones.

A qué te lo dejes sentir dentro de ti en estas fechas navideñas tan especiales y plagadas de reencuentros y removidas emocionales.

Hay una gran biodiversidad humana. Aprender a verla, reconocerla, valorarla y cuidarla contribuirá sin duda a respetar a su vez la inmensa biodiversidad vegetal y animal de la Tierra. O a la inversa, según tu sentir. 

Y en un año marcado por el conflicto, la incertidumbre y la polarización, dónde se nos presentan unas navidades enrarecidas y contrapuestas por el COVID-19, te invito a que, antes de juzgar, criticar o cuestionar otras posturas te atrevas a entrar en el insondable mundo del alma ajena.

Quizás podrás, no necesariamente entender, pero sí, aceptar que cada uno de los seres vivos de este planeta (también los humanos) somos únicos, cada uno aportamos un valor concreto y singular a la Tierra y a la humanidad, y que la integración de la visión del otro pueda contribuir a una mayor vincularidad entre las personas, y a mejorar esta raza nuestra, y de paso la sociedad y la vida en el Planeta.

F e l i z N a v i d a d

Y que este año tu mayor regalo sea aumentar la biodiversidad humana del planeta siendo tú mismo, desde tu singularidad y autenticidad, y reconociendo ese mismo espacio y potencialidad a los demás seres vivos del Planeta.

Solsticio de invierno

El siglo XXI será el siglo de la revolución tecnológica…. y del desarrollo rural.

digitalización

Cada revolución ha traído grandes transformaciones sociales. La revolución tecnológica lo está haciendo ya. Limitarnos a repensar las ciudades no será disruptivo. Lo será replantearnos nuestra forma de vida y el modelo de desarrollo social.

La ciudad es un espacio del territorio natural que hemos transformado artificialmente para desarrollar en él una vida cómoda y, teóricamente, plena de bienestar.

Lo curioso es que la pandemia del Covid-19 que estamos viviendo nos ha enfrentado a una cruda realidad: nuestras viviendas y ciudades no son tan cómodas ni adecuadas para una vida localizada en un ámbito reducido. Y mucho menos sostenibles para estos nuevos tiempos que nos ha tocado vivir. Pero, lo que aún es más grave, tampoco está claro que genere bienestar a sus habitantes: densidad alta, colapso, contaminación, largas distancias, falta de espacios naturales, y de naturaleza, …. generan estrés, y riesgos para la salud. Poco “bien-estar” podemos tener en esas circunstancias y si, mucho»trastorno por déficit de naturaleza» (Richard Louv, 2005, «El último niño del bosque» https://www.bbc.com/mundo/noticias-38136747).

Lo que sin duda debe hacernos repensar de arriba abajo el modelo constructivo de nuestras urbes, y de las viviendas. Y ahí estamos como sociedad, en infinidad de diálogos y debates sobre el nuevo modelo de ciudad: la ciudad de los 15 minutos, la ciudad-verde, ….

en medio de la ciudad

En los dos últimos siglos el modelo de ocupación territorial, del que la gran ciudad es su máximo exponente actual, se ha invertido en Europa como consecuencia de la concatenación de revoluciones que se produjeron en los siglos XVII y XVIII (comercial, industrial, económica, agrícola, de movilidad, eléctrica, ….)  en los países desarrollados.

Esas revoluciones cambiaron las formas de vida, la estructura social, el comercio, la economía, la industria, ….. y la propia ocupación del territorio, surgiendo las grandes ciudades alimentadas en gran medida por el propio éxodo rural. Esto estaba vinculado a su vez al hecho de considerar que el progreso, el avance y el éxito solo eran dables en las urbes. Lo que atrajo una población continua a los espacios urbanos y empobreció (en población, recursos y oportunidades) al mundo rural (https://nathium.com/la-digitalizacion-del-campo-como-freno-frente-a-la-despoblacion-rural/).

En todo ese tiempo, la ciudad y su diseño se ha considerado la panacea y el súmmum del éxito humano y una expresión de nuestra inteligencia, y capacidad de conquista y transformación del espacio natural.  

A lo que seguía el pensamiento lógico de que lo moderno era vivir en la ciudad. Y que los que “se quedaban en el Pueblo” era porque no podían aspirar a algo mejor, (por falta de inquietud, habilidades u oportunidades).

Sin embargo, en estos estos tiempos del COVID-19 en los que el miedo, el aislamiento y la limitación de movimientos se imponen, las ciudades miran al campo pero, en realidad ¿que mirán?

Miran a un espacio natural, no convertido en artificialidad, donde lo que domina no es el hormigón ni el asfalto sino los paisajes y la naturaleza. Lo miran con el ansia, no satisfecha por la ciudad, de poder tener una vida digna y unos espacios más acordes al desenvolvimiento de nuestro ser. Y se empieza a atisbar en el horizonte que, ahora, quizás ya si, es de modernos el vivir en el campo y en los Pueblos. Curioso movimiento pendular, en el que debemos pararnos a reflexionar y que abordaremos desde distintos planos en este blog.

la revolución tecnológica en el mundo rural
LA revolución tecnológica traerá consigo un importante efecto en el desarrollo del mundo rural.

El siglo XXI, todo el mundo lo dice, será el siglo de un enorme salto tecnológico pero, también será el siglo del gran cambio y desarrollo de todo lo vinculado a lo rural, y lo natural.

Está claro que el covid ha generado una mirada hacia el campo, una mirada muy condicionada por los propios medios de comunicación y por el hecho mismo de que el campo con su amplitud de espacios se ha mantenido como un lugar más seguro frente a la infección del coronavirus.

Pero la realidad es que, incluso antes de este hecho, ya existía una clara tendencia a impulsar y proteger el campo motivado por múltiples factores difíciles de resumir aquí. Pero como dato destacado podemos fijarnos en el hecho de que el día universal del orgullo rural que se celebrará cada 16 de noviembre, apenas se implantó hace dos años, a partir del pasado 2019.

En mi opinión, que aún no es tendencia pero creo que lo serán en los próximos años, las áreas rurales van a tener un avance exponencial íntimamente vinculado a un cambio en las formas de vida y en el propio modelo social.

A priori, ese avance va a estar impulsado entre otros, por las siguientes variables:

  1. La transformación digital está generando nuevas formas de vida y de organización de los trabajos que ya está haciendo repensar el diseño de la viviendas y de las ciudades. El llamado «teletrabajo» es el anticipo de una nueva revolución en las formas de organización social -y familiar- que, como ya hemos visto en siglos anteriores, va a tener sin duda un efecto claro y directo en la ocupación del territorio.
  2. Los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) que vienen siendo liderados por la ONU van a ser un motor de cambio en las medidas a adoptar no sólo a nivel gubernamental, sino también empresarial. Cada vez son más las entidades que se suman a la agenda 2030, y cada vez más las empresas que redirigen sus políticas de responsabilidad social al desarrollo de dichos objetivos. Y, recordemos que, entre ellos, está el de «Ciudades y Comunidades sostenibles», «reducción de las desigualdades», «acción por el clima», o «vida de ecosistemas terrestres» entre otros, que tan vinculados están al campo.
  3. La Comunidad Europea ha puesto el foco en el desarrollo del valor endógeno del mundo rural y en la importancia de abordar el desequilibrio territorial entre la ciudad y los Pueblos, que va a suponer la disponibilidad de importantes recursos económicos en los próximos años enfocados a tal fin.
  4. La mayor conciencia social sobre la importancia que tienen nuestros actos en el medio ambiente y sobre la necesidad de tener un contacto con la naturaleza van a generar también un claro interés en las ciudades por el mundo rural. Lo que va a incidir en que sean considerados como un espacio de equilibrio territorial y sensorial.
  5. Los cambios sociales van a permitir que muchas personas y familias con especial sensibilidad hacia el contacto con la naturaleza, hagan un trasvase de vida de la ciudad al campo y van a ser ellas mismas las que con su impulso, provoquen el desarrollo del sector servicios en el mundo rural. Los pueblos y responsables políticos tendrán aquí el reto de saber articular las exigencias urbanas con las tradiciones rurales. Será a mi entender uno de los puntos más «delicados» de todo este nuevo proceso que vamos a empezar a ver en los próximos años.

Nuestro gran reto no será pues el desarrollo en sí del «campo», que sí o sí se va a dar.

Nuestro gran reto será aprender de los errores del pasado (algo que nos cuesta como sociedad) y definir que su modelo de crecimiento ponga el acento en las personas, el medio ambiente y el territorio antes que en el beneficio y el desarrollo per se.

Nuestro gran reto será que el crecimiento del mundo rural se haga realmente a partir de sus valores endógenos: de su historia, su idiosincrasia y formas de vida y que no colapse la naturaleza, ni caiga en el error de mimetizar el modelo de ciudad (algo que bien debieran aprender los dirigentes de los entes locales) ni de olvidar la importancia de lo que en sí es el bienestar real.

Nuestro gran reto en este futuro -e inmediato- escenario del desarrollo rural será preservar los valores que hoy, en tiempos del Covid-19, lo hacen merecedor de que todo el mundo vuelva su visión hacia el.

Rocío Ledesma para Nathium.com

#Nathium, #Conectadosconlatierra #Cutar #axarquia #Tuencierroesunaoportunidad #desarrollorural

LA DIGITALIZACION DEL CAMPO Y LA DESPOBLACIÓN RURAL

semana agrotech málaga 2020

Está en el debate general una cuestión que ya era absolutamente inaplazable: la despoblación del mundo rural, por muchos también llamada “La España Vaciada”. Ante esa evidencia innegable, en enero del 2017 se creó el Comisionado del Gobierno frente al reto demográfico. Y tres años después el debate se ha intensificado y la digitalización del campo se presenta como un freno frente al despoblamiento de los Pueblos.

Despoblación rural

Esta recesión demográfica no es algo que haya surgido de la noche a la mañana sino que ha sido un goteo intenso en España desde los años 60/70 y aunque tiene múltiples causas, como la propia evolución demográfica, aquí quiero destacar dos:

Una, el modelo territorial español, muy influenciado por el sector inmobiliario, que ha centrado sus pilares en la concentración de población en el centro de la península y en el eje mediterráneo, en detrimento de otras realidades.

Y dos, una polarización entre lo urbano y lo rural, que ha generado una gran despreocupación sobre la importancia de los Pueblos y el campo para la pervivencia de la sociedad y de las ciudades que tan rápidamente siguen creciendo.

Tanto una como otra pivotan a su vez sobre el gran cambio histórico que supuso para las formas de vida de la sociedad la revolución industrial y la revolución agrícola. 

La concatenación de revoluciones del siglo XVII y XVIII motivaron un cambio de mentalidad en la sociedad que pasó de ser eminentemente autárquica o con economías de subsistencia a centrarse en la economía de mercado, en la rentabilidad y el capital como motor de toda la evolución que hemos vivido en estos últimos casi trescientos años. Pero, sin duda alguna, esto trajo un efecto directo en los estilos de vida entre los que aquí cabe destacar el desplazamiento masivo de la población del mundo rural al mundo urbano. 

A principios del Siglo XIX apenas dos ciudades superaban el millón de habitantes (Pekin y Nueva York) (Consujltar: http://news.bbc.co.uk/2/shared/spl/hi/world/06/urbanisation/html/urbanisation.stm) y el 90% de la población europea residía en el ámbito rural. Hoy, las grandes ciudades son la regla y concentran en torno al 90 % de la población. La población en los campos es una tendencia a la baja, y no sólo en España sino en Europa en general.

La despoblación está así muy vinculada a unas formas de vida y a una tendencia social basada en la idea de que el futuro y el desarrollo de la humanidad está en las ciudades. Es, desde esa posición, que no se han valorado las consecuencias de ir vaciando de servicios y personas a los Pueblos, y de ir abandonando los campos, porque no se les daba ninguna importancia ni se era capaz de ver la función estructural que tenían como sostén de la forma de vida urbana.

Ahora, estamos en un momento estructuralmente delicado para la sociedad. No sólo por el singular Covid-19 sino porque, como hace casi 300 años, volvemos a estar en un momento de profundo cambio y transformación. 

El desarrollo tecnológico ha supuesto una auténtica revolución social que lo está impregnando todo: las formas de relacionarnos, las formas de trabajar, de procesar y analizar el conocimiento (big data), de construir, de operar quirúrgicamente, las formas de viajar, de concebir el modelo familiar, la estructura social, y hasta la forma de trabajar el campo.

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Lo veamos o no, estamos inmersos en un proceso de absoluta revolución tecnológica, de digitalización social. 

Y es ésta la que se quiere utilizar como elemento vertebrador para frenar la polarización campo / ciudad y ayudar a vincular población a los Pueblos. 

Pero ¿cómo? Pues, según la estrategia de digitalización para el sector agroalimentario y forestal y del medio rural, elaborada en su día por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, reduciendo la brecha digital, potenciando la conectividad del territorio, fomentando el uso de datos (big data aplicada a lo sectorial), creando nuevos modelos de negocio centrados en la agricultura inteligente y la industria 4.0, …. y todo ello en coordinación con la Política Agraria Común (PAC) post 2020 de modernización del sector agroalimentario y con medidas que se deberán abordar de forma transversal. 

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En este punto hay que plantearse: ¿qué opina de todo esto la sociedad? ¿y las personas que viven en el campo y en los Pueblos? ¿realmente hay quién va a querer venirse a vivir al campo a pesar de todo ese paquete de medidas? ¿y las personas que habitan el mundo rural van a querer aplicar esas nuevas metodologías de trabajo?, ¿y va a ser impulsado por las grandes empresas o va a haber un papel activo por parte de las pequeñas y medianas producciones agroalimentarias que sostienen el 75 % de la producción agroalimentaria?

Estas son las grandes dudas que aún hay sobre el tapete y las que, de verdad, incidirán en que la revolución tecnológica sirva, o no, de freno a la despoblación del medio rural. Por que, del mismo modo que las revoluciones industrial, agrícola, eléctrica y de medios de transporte del siglo XVIII y XIX supusieron un profundo cambio de mentalidad que nos ha hecho evolucionar hasta los tiempos actuales, (con todo lo bueno y menos bueno que esto nos ha supuesto), será preciso un nuevo cambio de visión para que esa revolución tecnológica pueda asentarse en el campo y atraer realmente población fija y estable al territorio rural.

En ese iter, permitirme terminar estas ideas diciendo que, si algo bueno ha traído el Covid ha sido conseguir que la gente de ciudad (tanto los que diseñan las políticas y aprueban las leyes como los que la habitan entre sus calles de hormigón casi desprovistas de naturaleza) vuelva su mirada hacia lo rural. Eso no quiere decir que aprecien todo lo que el campo aporta a la vida de las personas y al sostenimiento de las ciudades, pero sí, al menos, hemos cambiado el lugar dónde poner el foco. Y esto sin duda será clave en el éxito de esas políticas que sustentan toda una repoblación rural en lo tecnológico.

Sobre esto y algo más estaré hablando el próximo viernes 6 de noviembre de este peculiar 2020 a las 10:00 en las jornadas gratuitas y on line que ha organizado la Diputación Provincial de Málaga como “Semana Agrotech Málaga 2020”. Os espero. Aquí abajo os dejo el link del programa y para inscribiros. Será interesante debatir sobre estas cuestiones que nos afectan a todas las personas de esta sociedad, vivas en un Pueblo o en una gran ciudad.

semana agrotech málaga 2020

“ La digitalización del campo es ya una realidad por este motivo la Diputación de Málaga ha organizado del 3 al 10 de noviembre la SEMANA AGRODIGITAL MÁLAGA 2020, unas jornadas on line en las que ponentes de primer nivel hablarán de temas tan innovadores como las nuevas tecnologías aplicadas al campo, las soluciones inteligentes para el uso eficiente del agua o la transformación digital del campo

Inscríbete en este enlace

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Descarga aquí el programa

https://drive.google.com/…/17h5Y8gPrClVE…/view…

Las jornadas finalizarán con una mesa redonda presencial el 10 de noviembre donde se extraerán las conclusiones de cierre

#agrodigitalmlg

#Nathium

#Conectadosconlatierra

#Cutar

#Tuencierroesunaoportunidad

Respeta los ciclos de la tierra tanto como debes respetar tu momento vital.

respeta los ciclos de la vida

La fertilidad fluye cuando se acompasa con los ciclos de la tierra. No puedes pretender que un almendro de frutos en invierno o que un oso hiberne en verano. Del mismo modo, respetar tu ritmo, ayudará a que todo fluya mejor. Y no sólo eso, te ayudará a identificar las auto exigencias, a frenar los sentimientos de culpa y la necesidad de dar una imagen concreta que no sea coherente contigo.

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Este ha sido un verano extraño. Y sé que no solo para mí, sino para el conjunto de la sociedad. 

Este Covid-19 tiene la gran mayoría de los sistemas en alerta, y genera innumerables efectos en la vida de las personas. Mi sensibilidad ya de por sí alta está a flor de piel, y no solo por ello, sino además, y fundamentalmente, porque este verano, han fallecido dos personas muy allegadas, dos personas con las que he tenido un trato muy intenso y que han influido mucho en quién soy hoy. Y no por el coronavirus. Mariano, hermano mayor y el primogénito de la familia, y Juanjo, amigo desde pronta edad, pilar y apoyo en tantos momentos vitales, consejero, maestro de la vida y el mejor oyente y amigo que se ha cruzado en mi camino. Ambos, referentes esenciales en mi vida.

En esa situación el blog ha sufrido un parón inevitable. 

Lo intente continuar tras la muerte de mi hermano, pero paró abruptamente ante ese segundo fallecimiento incapaz de no mirar hacia dentro de mí y lo que me estaba pasando. No podía seguir adelante como si no hubiera pasado nada. 

Y ese parón me ha activado momentos de crisis y culpa. ¡Tengo que publicar en el blog! ¡Qué vergüenza, si lo acabo de sacar, como no voy a escribir nada ahora en él! 

He tenido ramalazos de autocrítica y autoexigencias. Me he planteado mi falta de compromiso para conmigo misma, el blog y todo ese colectivo de personas que, sin apenas publicidad, se han suscrito a seguir el blog. Pero no he podido.

No es tanto que no me saliera inspiración para escribir, algo que hago casi a diario como una necesidad del alma, aunque no todo sea publicable aquí. Es que no daba pie con bola en veinte mil detalles: me faltaba claridad sobre lo que quería publicar o agudeza al expresarlo, no daba con el formato, con el proceso de elegir e insertar las imágenes, me desenfocaba con temas ajenos a la temática de mi blog …. y además, el diseñador web que me está ayudando con la web ha sido padre (la vida y la muerte en su danza infinita) y está en una vorágine propia de ese momento vital.

Pues eso. Esta es la explicación de este silencio ignominioso en el blog. Y del parón que se ha producido en tantos otros aspectos de mi vida.

Y sin embargo, al permitirme vivir ese proceso la lección más importante que he aprendido en este tránsito es respetar mi momento vital

Sentirme, escucharme internamente e ir a mi ritmo frenando ese murmullo de conveniencias sociales y exigencias autoimpuestas. No es fácil en una sociedad que superó la quinta marcha de velocidad hace años y que no puede bajar de ahí. ¡Y que muchas veces ni siquiera ve lo bien que le vendría hacerlo! Y aun incluso muchas personas, sintiéndolo dentro de sí, miran para otro lado porque no se quieren reconocer ahí, no se atreven o no saben cómo hacerlo o cómo enfrentarse a un entorno social que lo que más transmite es el valor de la acción y la producción intensiva y desaforada.

Soy consciente de que en la vida en la ciudad no sólo no respetaba mis ciclos ni mis tiempos, es que ni los conocía por estar desconectada de ellos. Me recuerdo en mi etapa como letrada y gerente del despacho, casi corriendo por el pasillo, con esos tacones que ahora descansan de tantas carreras en el armario, resolviendo veinte mil cosas a la vez, enfrentando decisiones de recursos humanos, de política presupuestaria, de necesidad de un cliente, o de estrategia jurídica en el planteamiento de una defensa, … desconectada de mi ritmo vital real, e imbuida de una acción continua en la que no me permitía apenas pausa. Y así llegue al punto de estrés y ansiedad que me diagnosticaron como crónico, por exigirme resultados a un ritmo muy superior al que podía producir. Y sobre todo, por querer mantener el nivel de exigencia máximo tooooooodo el tiempo.

EL ritmo de producción que nos hemos impuesto como sociedad es absolutamente contra natura. No hay una intensidad tal que sea buena. Ni fruto o recompensa que merezca generar ese grave estrés en el cuerpo de la persona. Ni producción que justifique que una persona no pueda integrar su proceso del duelo, cuando le toca bien de cerca.

Y eso es algo que constato cada vez que observo la naturaleza, que es donde más me dejo inspirar una vez que salí del frenético ritmo que impera en la forma de vida de la ciudad. 

La tierra, como las personas, tiene su propio ritmo. Hay momentos para florecer y dar frutos, otros para crecer,  y tiempo hasta de morir para volver a brotar otra vez. Y también, como yo acabo de experimentar, hay momentos para hibernar.

respeta los ciclos de la vida (2)

Respetar mis propios ritmos y ciclos es el mayor compromiso que puedo exigirme y que puedo mostraros. 

Dejar atrás las exigencias derivadas de una producción desconectada de uno mismo y avanzar al son del fluir de la vida y en sintonía con tus propios ciclos vitales. Y eso he hecho.

La muerte de dos personas tan importantes en mi vida, y tan seguidas en el tiempo, genera una indudable zozobra que hay que dejar salir. No por ignorarla o taparla, sustituyéndola con mil tareas o compromisos, va a dejar de estar ahí. Ese vapuleo emocional es como la removida de la tierra antes de abonarla. Es lo que te va a permitir recoger los nutrientes, aprendizajes y sabiduría que hay en todo duelo. Y sobre todo, es comprobar en mis propias carnes como el cambio de la ciudad al Pueblo no ha sido solo un cambio de escenario, sino un cambio profundo, interiorizado, en el que ya no primo como antaño la producción en sí misma, ni el quedar bien o satisfacer al otro antes que el cuidado a una misma, sino que realmente me he dejado imbuir por la importancia que tiene el respeto a cada ciclo y experiencia vital.

Aquí sigo. Y seguiré, porque este blog es fruto de reflexiones y sentires profundos. Este blog es mucho más que un negocio, o una vía solo para ganar dinero, o de hacer webinars automatizados para atraer público. Este blog es una ayuda para poner en valor el mundo rural y mostrar visiones alternativas al estilo dominante de vida que se enmarca en la ciudad, para equilibrar visiones y realidades.

Así que, aquí sigo aún a pesar de ese parón que ha requerido mi ciclo vital.

Me encantará leerte, y saber si has vivido algo así y como lo has enfrentado. Ya sabes cómo hacerlo, estas herramientas son muy conocidas por la generalidad. Escribe un comentario si te sale compartirlo o mándame un mensaje privado si prefieres más intimidad. O simplemente dejalo sentir dentro de tí; esa será la interacción más poderosa que puedas regalarte. 

Y recuerda que todo tiene su momento, solo tienes que sincronizarte con tu ciclo vital para sentirlo y vivirlo. Conecta con él. 

De la ciudad al campo: un camino desde la explotación vital a la integración natural.

De la ciudad al campo: un camino desde la explotación vital a la integración natural

Hablar de la ciudad y el campo, para mí, es hablar de un proceso de liberación personal y de autodescubrimiento. Es un camino en el que he conseguido pasar de un ritmo frenético, que me arrastraba inconscientemente hacia el túnel de la producción continua, a un ritmo más natural y calmo dónde mi forma de trabajo se integra con los tiempos de la naturaleza. Es un estado de conexión en el que, a diferencia de cómo lo vivía en la ciudad, me puedo permitir sentirme y trabajar cuando mi energía está en ello, y crear, cultivar, contemplar o simplemente descansar, cuando así lo siento. Y es curioso porque, desde que estoy en el campo, desde que tengo la fortuna de vivir en el pueblo, trabajo mucho más que antes y he adquirido muchos más conocimientos y más variados que antaño. No son mejores ni peores pero si son más diversos y enriquecedores. Y esas son para mí las dos ideas o conceptos que mejor resumen mi cambio de forma de vida: diversidad y enriquecimiento o abundancia.

Mi vida en la ciudad era más plana, más monótona. Mi labor cotidiana se desarrollaba como parte de un engranaje en el que, mis tiempos, estaban marcados casi en su totalidad. Y eso que era mi propia jefa como socia fundadora de un bufete y gerente del despacho. Pero, sí recuerdo hasta como me irritaba la llamada de algún familiar o amigo cuando estaba en momentos de horario laboral”.

Era buena profesional, destacaba y además del ejercicio como Letrada Urbanista impartía clases en distintos cursos vinculados a dicha materia. Mis conocimientos aumentaban cada día, pero siempre iban enfocadas a lo mismo, a la rama del derecho público al que me dedicaba. Y sí, tenía un trabajo y un buen sueldo, pero trabajaba en exceso (solo respetaba el sábado que era mi día de desconexión laboral) y el valor de mi tiempo y de la vida que estaba consumiendo no compensaba mis ganancias y, mucho menos, mi sentir interno. La cuestión es, que, con el tiempo, me fui agotando, me fui cansando y lo que en un principio creí que era estrés, (estrés crónico me diagnosticó el médico) con el tiempo, tras alejarme de esa vida laboral, de la vida urbana, me di cuenta de que en realidad era un vacío existencial. Y conste que me gustaba mi trabajo, pero perdió todo su encanto cuando se convirtió en una obligación y en un correr continuo para poder satisfacer con prontitud y cuasiperfección, sin casi opción al error, las demandas de los clientes, de las administraciones y de todas las exigencias legales vinculadas a tu trabajo, cada vez más inmediatas y apremiantes, porque es el ambiente con el que, la inmensa mayoría, convive en los núcleos urbanos.

Mi cambio me ha permitido percibir ambas realidades, la urbana y la rural. Y cada día estoy más convencida de que, la artificialidad de la ciudad, a la que hemos desposeído de los elementos de la naturaleza, y en la que la creación de la vida está ahogada entre capas de hormigón, nos desconecta de nosotros mismos y, con ello, de la Tierra. Y es esa profunda desconexión la que nos empuja a un ritmo insano, inmediato, pleno de exigencias y obligaciones que nos han convertido en máquinas de producción laboral, aparte de confundirnos en muchas otras cosas.

Tras dejar el despacho, retome una nueva vida que me ha ido sorprendiendo y llevando por caminos que no podía siquiera aventurar.

Descubrir la vida rural, al venirme a vivir a un pueblo en la montaña, me trajo toda la paz y sosiego del mundo natural que se enfrentaron abruptamente a mi agitación interna y al ritmo frenético del que venía. Han sido años complicados en los que una parte de mí era impulsada a hacer y no parar, a idear, proyectar, trabajar -continuando el impulso tras la frenada que provenía de mi vida anterior- y otra, me invitaba a la tranquilidad, al disfrute, al relax y a la observación, conectando con la plácida calma de la frenética actividad creadora de la Tierra.

Y lo que ahora sí tengo claro es, que, cuando el trabajo pierde su carácter artesano, de ritmo tranquilo y satisfactorio para ti y tu cliente, algo empieza a ir mal. Cuando te valoran más por la cantidad, los números y el rendimiento que por la calidad y el sentido de la responsabilidad algo no está bien. En ti, y en la sociedad que lo impulsa y permite.

Sin embargo, aún hoy, sigo viendo que, la vida en la ciudad, tal y como está planteada actualmente, inclusive con sus formas de trabajo encorsetadas que provienen de siglos atrás y de creencias de generaciones muy anteriores a la nuestra, sigue alienando y esclavizando escolar y laboralmente a demasiadas personas, sin distingo cultural. Y que muchos humanos están ansiosos de dar un giro radical a sus vidas, de cambiar de lugar, pero se frenan por múltiples motivos y razones.

Por mi experiencia personal puedo decir que otra forma de vida más acorde con lo que os está pidiendo internamente a gritos vuestro ser  algunos de los que me leeis, es posible. Yo lo he hecho, y muchos más humanos, antes y después que yo, avanzan en ese recorrido que es el encuentro verdadero con uno mismo.

Para mí, llegar al campo ha sido mi liberación. Si tu ser ya te lo está demandando, escúchalo, y avanza en pos de esa otra vida que te haga ser más tú y sentirte más a gusto contigo mismo.

No pierdas la oportunidad. No sigas dejando pasar el tiempo viviendo una vida que no quieres vivir. 

Atrévete, y haz caso al latido de tu corazón, al latido de la tierra que te empuja a cambiar de vida.

Nathium, el latido de la tierra

Hay un momento en la vida en el que miras hacia atrás, y todo encuentra su sentido.

Eso nos pasó a nosotros al tiempo de romper con nuestras vidas ya establecidas y venirnos a vivir al Pueblo, dónde conectamos con nosotros mismos.

La naturaleza es una necesidad básica, un derecho fundamental, que nos ha sido negado al vivir en ciudades alienadas dónde todo está enfocado al trabajo, a la producción, al consumo y nada está diseñado para el sencillo acto de contemplar y disfrutar del proceso de la vida.

Densidad urbana. Sin atisbo de naturaleza
En cualquier ciudad: asfalto, cemento y artificialidad como señas de identidad. Y residiendo en ellas, las personas, o quizás, seres perdidos.

La ciudad es pura artificialidad, un mundo gris lleno de asfalto y cemento que te priva de sentir la fuerza creadora y la abundancia continua que emana de la Tierra. Hemos llegado a la conclusión de que esa profunda desconexión de la Tierra y aislamiento de todo lo natural que se respira en el mundo urbano, nos ha negado a nosotros, las personas, sentir el pulso vital. Nos ha impulsado a desarrollarnos más como máquinas de producción, como eslabones de una cadena, que como los seres vivos, creativos e interconectados que realmente somos. Y de paso, hemos hecho lo mismo con la Tierra, la hemos mercantilizado y desprovisto de su esencia. Esa que, durante milenios, la mayoría de las sociedades y tribus antiguas que aún vivían conectados con ella, hizo que la llamaran Madre (y al sol, el Padre,) y la consideraron algo sagrado y digno del mayor de nuestros cuidados.

Los animales se alimentan de la propia Tierra y luego enriquecen el suelo haciéndolo más fértil con sus desechos..

En la naturaleza aprecias que todo está entrelazado.

Puedes ver, solo en la capa más superficial de lo que es apreciable por nuestros ojos, como todo fluye y se equilibra a partir de la presencia continua de muchos elementos, sol, tierra agua, viento, insectos, flores, plantas, animales, subsuelo, ……

El desierto del Sahara alimenta el pulmón verde del Amazonas. (sobre esto publicaré un post propio)

Los desechos orgánicos son transmutados en hummus, el abono que nutre la Tierra. Gracias a la acción del sol, la lluvia, el aire y esos seres sagrados que para los egipcios eran las lombrices, que regurgitan los desechos orgánicos y los convierten en fuente de vida. Del mismo modo que nuestras sombras, nuestros puntos débiles, transformados debidamente, son la semilla de nuestra mayor fertilidad o fecundidad creativa.

Asomarte al vacío de contemplar la naturaleza, es mostrarte todo un camino de abundancia, arrojo y resiliencia para seguir siempre hacia adelante, evolucionando desde la más pura cocreación e interconexión entre todos sus elementos.

Estamos conectados con la Tierra. Es una realidad innegable.

Somos seres que estamos vivos gracias a ella que es la que nos da todo lo que necesitamos para respirar, alimentarnos y cobijarnos.

Quizás este lugar no es para todo el mundo, lo sabemos. No todos podemos resonar aún con este mensaje. Pero buscamos que nos conozcas y que escuches dentro de ti ese latido antiguo que late desde siempre en tus entrañas. Nathium.

Ese latido que sabe que estás viviendo una vida que no quieres vivir. Nathium.

Ese latido que hace que te sientas disconforme con tantas cosas de un sistema que ya no te llena y te invita a renacer. Nathium.

Ese latido que te empuja a vivir una vida más plena, y a cambiar las cosas para que tus hijos, y tú mismo, viváis mejor. Nathium.

Ese latido que te empuja a tener un mayor vínculo con la naturaleza para sentirte más vivo, creativo e inspirado al contemplarla a ella. Nathium.

Si lo sientes así, bienvenido a Nathium, el latido de vida que te conecta con la Tierra.

Nos mostramos para ofrecer un nuevo portal de comunicación a todos los seres humanos que se sientan conectados con el llamado de la Tierra, a vivirla, sentirla y protegerla como ese ser sagrado y único que es. Si quieres participar y formar parte de este sentir, contacta con nosotros y ábrete a colaborar, comunicar y participar desde este mismo lugar.

Creemos una red nueva de personas entrelazadas en pos de la defensa del derecho básico a estar conectados con la Tierra y defender su dignidad.